LA TERQUEDAD

DE RAFAEL SPREGELBURD / DIRECCIÓN RAFAEL SPREGELBURD

EN EL TEATRO

SALA MARÍA GUERRERO


Con Rafael Spregelburd, Diego Velázquez, Pilar Gamboa, Analía Couceyro, Paloma Contreras, Pablo Seijo, Andrea Garrote, Santiago Gobernori, Guido Losantos, Alberto Suárez, Lalo Rotavería, Javier Drolas, Mónica Raiola

Producción Cervantes Yamila Rabinovich / Ana Riveros
Asistente de escenografía Isabel Gual
Asistente de dirección Juan Doumecq
Colaborador artístico Gabriel Guz

Música original Nicolás Varchausky
Vestuario Julieta Álvarez
Video Pauli Coton / Agustín Genoud
Escenografía e iluminación Santiago Badillo

Dirección: Rafael Spregelburd

Agradecimientos
Diego Schissi, Alma Laprida, Guillermo Rubino, Elena Buchbinder, Laura Hackstein, Clement Silly, Ignacio Varchausky, Estudio Dr. F, Estudio Inkilino Records.
Vicente Ferrer, Xavi Puchades, Ian Barnett, Laura Fernández, Martina Nosetto, Corina Cruciani, Guillermo Pisani, Marcial Di Fonzo Bo, Compagnie Les Lucioles, Martina Fernández Polcuch, Eduardo del Estal, Luz Rodríguez Carranza, Carlos Gamerro, Isol.

Se recomienda llegar 30 minutos antes del inicio de la función.


València, 1939, Guerra Civil
Un enorme misterio lo envuelve todo.
Una niña muerta hace años en un pozo mal cubierto
balbucea desde lejos.
¡Un solo sonido por cada letra!
¡Ninguna letra sin sonido!
Como en un déjà vu, las hermosas canciones de la derrota
preceden a la derrota.
En España se juega la suerte del mundo,
y el mundo está perdiendo la batalla.
Muertos los héroes, los dioses se retiran
a su morada secreta, inexpugnable:
dios vuelve al diccionario
y en la tierra sólo queda el arado.
Y las palabras.
¿Cuántas son las cosas
que ocurren al mismo tiempo?

Con LA TERQUEDAD cerraba, en 2007, el largo ciclo iniciado en 1996 con la Heptalogía de Hieronymus Bosch, un conjunto de siete obras sobre la “Rueda de los Pecados Capitales” de El Bosco. En estas obras, escondidos bajo siete falsos títulos, estaban los otros falsos temidos pecados. Y algunas cosas más: un desaforado diálogo de la figura con el fondo, la pérdida del centro, el detalle infinito, la escritura con un diccionario clarísimo pero perdido, en fin, todas aquellas cosas que yo veía en El Bosco y que –hablando del fin de la Edad media- coincidían exactamente con el fin de nuestra querida, vieja modernidad.
La obra fue comisionada por la Fundación BHF de Frankfurt para su proyecto Frankfurter Positionen y se estrenó en el Schauspielfrankfurt y en el Nationaltheater Mannheim. Luego en París, en Ginebra, en Valencia; recién diez años después puedo montarla en mi lugar, en Buenos Aires, y no todas las explicaciones de esta demora son comprensibles. Su complejidad reclamaba de un teatro grande y probablemente su debate merecía un espacio público central. Reescrita diez años después para esta nueva etapa del Cervantes, la obra pretende dar y no dar respuesta al tema de aquella remota bienal en Frankfurt: ¿Por qué hay tantos inventos científicos para mejorar el cuerpo y casi ninguno para el alma? ¿Qué vida estamos prolongando cuando hablamos de progreso?
Una fábula real (un comisario valenciano que concibió una lengua artificial) es estilizada para presentar la pregunta que más me inquieta: ¿por qué el fascismo no se presenta nunca como el mal, sino que acude disfrazado de humanismo?
¿Cuántas son las cosas
que ocurren al mismo tiempo?
Rafael Spregelburd


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