EDIPO REY

DE SÓFOCLES. TRADUCCIÓN Y VERSIÓN ORIGINALES DE ALBERTO URE Y ELISA CARNELLI. DRAMATURGIA, ADAPTACIÓN Y VERSIÓN FINAL DE CRISTINA BANEGAS Y ESTEBAN BIEDA

EN EL TEATRO

SALA MARÍA GUERRERO

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Con: Raquel Ameri, Guillermo Angelelli, Liza Casullo, Alberto Fernández de Rosa, Hernán Franco, Elvira Onetto, David Palo, Carlos Defeo, Horacio Roca, Pablo Seijo, Lourdes Solé Dolphyn, Daniel Spinelli, Sol Titiunik

Producción Santiago Carranza, Leandro Fernández
Asistencia de dirección Marcelo Mendez
Colaboración artística Graciela Camino

Música original en escena: Carmen Baliero
Iluminación y video: Jorge Pastorino
Vestuario: Greta Ure
Escenografía y diseño de imágenes: Juan José Cambre

Dirección: Cristina Banegas

 

ACCESIBILIDAD


Alberto Ure creía que en los gestos y las palabras que pronunciamos persisten todos los gestos y las palabras que vimos y escuchamos: los de nuestros padres, nuestros abuelos mirados por éstos, el teatro que vimos. “El factor Ure” (como diría María Moreno) caldeó, desde los últimos años 60, parte de la sensibilidad de nuestro teatro nacional, sobre todo sus rincones más vociferantes, agitadores, radicales.
Entre sus lecturas del teatro griego, dos obras de Sófocles subyugaban a Ure: Las traquinias y Edipo Rey. De la segunda, al igual que lo hiciera con Antígona, dejó una traducción y versión escrita con Elisa Carnelli. En un delicado e intenso ejercicio de diálogo y ventriloquia, Cristina Banegas y Esteban Bieda revisaron la traducción original: quitaron, dejaron, reescribieron e incorporaron fragmentos de otras tragedias, como el célebre verso 393 de Edipo en Colono: “cuando ya no existo, recién ahora soy un hombre”.
La dramaturgia, adaptación y versión de este Edipo (escrito, podríamos decir, a diez manos) plantea que, en un presente signado por la valoración hiperbólica de las libertades individuales, Edipo rey representa una vuelta a los fundamentos de ese ser-en-el-mundo que somos. Aun cuando son pocas –o, incluso, ninguna– las decisiones que tomamos voluntariamente en contra de nuestro propio bienestar, la limitada capacidad de comprender el todo del que formamos parte, hacen que en muchas ocasiones seamos los colaboradores principales de nuestra ruina. El imperativo que manda “vivir bien” a toda costa y en todo momento termina siendo el motor de la desdicha. Edipo rey pone en escena las consecuencias de quien se empecina en desoír el mandato que le ordena sufrir, de quien se obstina por evitar el mal y, así, lo agiganta hasta extremos lindantes con lo humanamente soportable. Porque el primero que castiga a Edipo es Edipo mismo: al quitarse la vista, exilia su alma del mundo de los vivos, para luego exiliar su cuerpo, que ya nunca volverá a la Tebas que lo vio nacer y que tampoco lo verá morir.


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